El coronel no tiene quien lo lea

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LO LEA.

Una cultura de la lectura ofrece la posibilidad de no aprender a leer como instrucción para el intelecto sino como motivación para el espíritu. Aprender a leer implica disfrutar del conocimiento del pasado, es decir, viendo los libros como una extensión de la memoria (Borges), porque por medio de ellos sabemos que la furia de Aquiles contra Agamenón desencadenó la última etapa de una cruenta guerra cuyos acontecimientos, en los que se mezclan la historia y la fantasía, son repetitivos en el tiempo (como comentaba Borges sobre el tiempo circular). Por medio de los libros sabemos que en España un hombre decidió poner en la voz de un loquito todo lo que le molestaba o le inquietaba de su generación, para evitar las represalias en su contra, y así nació el inmortal Don Quijote. solo los libros hicieron posible la invención en la imaginación prolífica de Verne, de un submarino prodigioso (el nautilus) muchos años antes de que en realidad fuera inventado el primero de estos aparatos prodigiosos. Hoy sabemos que el maestro oral más grande de la historia, Sócrates, quien no escribió nunca, fue inmortalizado por su amigo Platón, quien escribió los diálogos en los que la sabiduría del primero hacía posible en contacto primigenio de los hombres de la antigüedad clásica con el raciocinio y la reflexión.

Sin embargo los libros han sido atacados principalmente por los educadores que son responsables de su promoción. La obligación de leer hace que la escuela y el colegio sean etapas complicadas, en las cuales un niño que debería estar aprendiendo por medio de la lúdica, se ve sometido a sentarse en un salón de clases, inmóvil, silente, atendiendo a la erudición (repetida por muchos años) de su maestro. Vista así, la historia (esa magnifica escalera que nos ha traído hasta el día de hoy), es una pesada carga de datos necesaria para ganar un parcial. La geografía, esa magnífica experiencia de relacionarnos con todo aquello que nuestros ojos han visto, verán algún día, o no verán jamás, pasa de ser un rico encuentro con el mundo a ser la información de los paralelos y los meridianos (esas jamás entendidas líneas imaginarias, sumamente útiles para establecer las coordenadas necesarias al lanzar un misil). La matemática que es, entre otras cosas, posibilidad de medir lo que conocemos, de relacionarlo con ese idioma universal de los naturales, es la más pesada de las cargas. Las excepciones a la regla son escasas, notorias y esperanzadoras.

Yo mismo recibí en un pregrado cinco o seis cursos de motivación al acto lector que para un lector menos persistente hubieran sido suficiente desmotivación.

Para aprender a leer es necesario hacerlo, no existen fórmulas mágicas, o polvos milagrosos que motiven a la lectura, lo único que puede compartir el maestro es su apasionamiento, su certeza de que el texto tiene respuestas, tiene encanto, tal como lo concebía Emerson (la biblioteca como un gabinete mágico), y que la única forma de sacar de su mudez a los autores del pasado es leyéndolos, dándoles nuestra voz.

¿Cómo? este es un problema menor. Lo esencial es que quienes somos responsables de la promoción del acto lector seamos ante todo lectores, apasionados lectores que disfruten del encanto secreto que en las noches frías de invierno nos puede proporcionar McGroll el gaviero, o Simbad en sus viajes fantásticos, o el triste Coronel que hasta el final estuvo esperando la llegada de la carta redentora en las cálidas latitudes de Macondo, o el analítico Freud que nos muestra como el psicoanálisis es el descubrimiento del origen de lo que nos agobia hoy, o el mismo Borges que nos cuenta cómo la inmortalidad añorada por el hombre sería la peor de sus condenas.

Esta reflexión un tanto axiológica, un tanto teleológica, pero fundamentalmente sesgada por mi propio panorama de mundo, es un aporte a la discusión. Me gustaría encontrar aportantes, detractores, coincidentes, para así en conjunto enriquecer este discurso que es en últimas un reclamo sobre eso que todos nosotros estamos anhelando: Una Colombia que lea, porque ese puede ser el principio de una Colombia que viva en Paz.

Gustavo Adolfo Cárdenas Messa
gadcardenas@hotmail.com

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